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Mi padre me enseñó a amar a Colombia; yo elegí construirla. Esta es una parte de mi historia.

Un camino de fe, estudio y superación que hoy me inspira a abrir oportunidades para otras mujeres.

Por Viviana Mojica

Mi hijo mayor nació mientras su papá estaba secuestrado. Meses antes, habían asesinado a mi padre y a mi suegro en el mismo atentado. Soy Viviana Mojica y estas experiencias forman parte de mi historia, de la mujer que soy y de las razones por las que he decidido seguir adelante.

El 29 de enero de 1998 asesinaron en Bucaramanga a mi papá, Celestino Mojica Santos, y a mi suegro, Oliveros Tamayo Tamayo. Nuestra familia cambió para siempre. Mi hijo llegaría al mundo sin la oportunidad de conocer a sus dos abuelos.

Mi papá nos enseñó a amar a Colombia. Después de perderlo, conservar ese amor también significó aprender a vivir con preguntas que aún duelen. Con los años he encontrado en su enseñanza una razón para trabajar por un país donde otras familias puedan vivir en paz.

El 27 de julio de ese mismo año secuestraron a Darío Tamayo González, el padre de mi hijo mayor. Durante su cautiverio supo que iba a ser papá. Yo recibí a nuestro hijo con la alegría de su nacimiento y la incertidumbre de no saber cuándo podríamos estar juntos.

En abril de 1999, Darío recuperó la libertad. La fotografía de su encuentro con nuestro hijo conserva un abrazo que habíamos esperado durante meses. Mirarla me recuerda cuánto puede sostenernos la esperanza.

Años después, en 2025, afronté la pérdida de mi finca en San Alberto, Cesar, dentro de un proceso de restitución de tierras cuya sentencia fue dictada en agosto de 2024. El Tribunal negó una compensación al considerar que no acredité la buena fe exenta de culpa en la adquisición del predio; también me reconoció como ocupante secundaria y ordenó un proyecto productivo.

Fue otra experiencia dolorosa. La cuento con respeto por las familias afectadas por la masacre de Tokio, cuyo sufrimiento está ligado a ese proceso, y desde el deseo de que cada historia pueda ser escuchada con humanidad.

En medio de estas circunstancias, he puesto mi esfuerzo en estudiar, prepararme y salir adelante. La formación académica ha ocupado un lugar fundamental en mi vida. En el derecho, en la gestión pública y en las aulas he encontrado herramientas para comprender mejor nuestro país y asumir con mayor responsabilidad lo que puedo aportar.

Estudiar me ha permitido abrir posibilidades, hacerme nuevas preguntas y fortalecer mi criterio. He seguido aprendiendo porque sé que liderar exige preparación, capacidad de escuchar y disposición para reconocer lo que todavía nos falta por conocer.

Como mujer, quiero que ese esfuerzo también les sirva a otras. Deseo que una joven que esté estudiando, una madre que retome su formación o una profesional que dude de sus capacidades encuentre en mi recorrido una razón para confiar en sí misma y dar el siguiente paso.

Quiero contribuir a que más mujeres sean llamadas a liderar, a que su conocimiento sea escuchado y a que puedan participar en las decisiones que afectan a sus comunidades. La experiencia y el talento de tantas mujeres merecen oportunidades para convertirse en soluciones.

Aspiro a ser un ejemplo desde lo cotidiano: en la disciplina para prepararme, en la responsabilidad con la que trabajo y en la voluntad de seguir aprendiendo. Compartir lo que sé, acompañar a otras mujeres y reconocer sus capacidades también es una manera de construir país.

Mi fe en Dios me ha acompañado en este camino. En ella encuentro fortaleza para continuar y un llamado a poner mi vida al servicio de algo que vaya más allá de mí. Mi compromiso con Colombia crece cuando puedo convertir lo aprendido en un aporte concreto para los demás.

Todavía llevo conmigo la ausencia de mi papá y las heridas de nuestra historia. También llevo su enseñanza, el amor por mi familia y las ganas de seguir construyendo.

Quiero hacer país desde el conocimiento, abrir oportunidades para otras mujeres y construir patria con mi trabajo. Esa es la forma en la que elijo seguir adelante y honrar lo que mi padre nos enseñó.